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El artista Roger de Montebello (Paris, 1964) pinta una tauromaquia esencial. Ceñido mucho mas al color que al contenido, y mas a la composiciòn que a la forma, el impresionismo de Montebello tiene un premeditado poso arcaico, como de homenaje a las primeras tauromaquias. Su pintura es la vision -la primera impresiòn- que el espectador de una corrida de toros obtendria desde el tendido. Grandes perspectivas, figuras en movimiento, contornos borrosos, desfiguraciòn de los fondos... y color, desde luego, y también mucha luz, en unos toros que a veces parecen de Altamira, y en unos toreros que en ocasiones recuerdan a los pintados por Manolo Hugué. Montebello ha vivido en Venecia y en Espana, y ha viajado por este pais y por Portugal, reco-rriendo plazas de toros y plazas de pueblo, captando siempre los matices de una Fiesta que en su paleta ha vuelto a reinventarse. Montebello ha sido un viajero que, como los antiguos romànticos, se ha desplazado con sus colores a cuestas, para ir pintando del natural el toreo espanol y el portu-gués; matadores y "cavaleiros", banderilleros y forcados, y también musculosos toros arcaicos, y plazas, grandes plazas de toros, la Maestranza sobre todo, que en algunos cuadros toma cuerpo y se convierte en protagonista fundamental de la trama. Y la de Chinchòn, que recuerda a los grabados de la Tauromaquia de Goya, y otras vacias, solo llenas de cielo y silencio. Pero aunque Roger de Montebello pinta el toreo, éste le interesa muchos menos que el color. Tampoco la forma es primordial en su obra, pues necesita muy pocas pinceladas para recrear una imagen. Para darle vida. Para inventarla. Es el color, tan amarillo, tan ocre, tan soleado y luminoso, la principal preocupaciòn de un artista que renuncia al ornamento para centrarse en lo esencial del toreo, en las luces y en las sombras, en la sangre y en los brillos de unas lentejuelas que no pinta pero que, sin embargo, estân ahî. Tampoco los capotes son capotes, ni los caballos caballos al modo tradicional, y sin embargo esas manchas de color que Montebello pone en las manos de los toreros son auténticos capotes de brega. Como en las tauromaquias antiguas, el artista ha eliminado al publico, le ha difuminado. La pintura de Montebello es una vuelta a los origenes. No un paso atràs, por supuesto, sino un descenso al diario drama del toreo: la luz, la sangre, la vida y la alegria. José Luis Ramòn, Redactor Jefe, 6Toros6, 9 de Diciembre de 2003 (numero 493)
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